jueves, 12 de marzo de 2009

+18

Cuidado con mi lengua que se afila.
Salí de un boli, del corazón de un ser humano.
Yo saco mujeres de un agujero lleno de sacos.
Las invito a mi película en papeles cortos
pero intensos, apariciones estelares.
Ya has conocido mi nombre de pila,
vente conmigo y haremos buenas migas.

Si encuentro un alma a la deriva en la acera
me la llevo a casa, y a unas les va de puta madre
a otras mejor no preguntarles lo que pasa.
Soy un mago, los conejos me tienen rodeado.
No busques drogas, aquí jugamos a los dados.
El mundo gira y se nos queda estrecho en cada vuelta,
dando vueltas por el mundo muy pasadas de tuerca.

Soy un forastero borracho buscando leña en un bar.
Letras son para mayores de edad.
Soy las caderas de una negra en movimiento.
Soy un cani con visera en tu ciudad.
Una mujer saliendo del agua, algo increíble.
Yo soy la mezcla y lo puro,
aquí a mí nadie me da por el culo.
Controlo vuestras mentes, y te miro
y te obligo a pegarte en el coco
hasta que te quedes loco.

Soy lo viejo y lo nuevo,
ese chupito que según bebes, lo potas.
Será mejor que no te escondas,
te meteré mano en el cine.
Soy un francotirador de letras
que provocan, y el mundo se alborota. Lanzo misiles.
Estoy follándome al mundo como si fuera una loca.
Le meto profundo y siento como gime,
le pongo dos cojines, uno bajo el culo y otro en la boca.


domingo, 8 de marzo de 2009

Desde el Campanario II (2ª parte)

Cuando me desperté estaba tumbado boca arriba en la cama. Era casi de noche todavía. Serían las siete de la mañana o cosa así, calculé. Me incorporé solo un poco. Tenía su pierna rodeándome los muslos. No quise despertarla, así que me volví a dejar caer hacia atrás. Estaba atrapado, como siempre. Alargué el brazo y palpé mi paquetillo de lucky en la mesita, saqué uno y me lo chusqué recién despierto en la cama. Ella se movió un poco. Aproveché para intentar quitármela de encima pero en vez de eso cerró más la pierna y me atrapó. Tenía la piel del interior de los muslos muy fina y cálida. No había salida. Me declaré culpable y le acaricié la pierna mientras fumaba con las primeras luces de la mañana. Luego apagué el cigarrillo y tardé cuarenta y cinco segundos en volver a quedarme dormido.

Me volví a despertar boca abajo. Habían pasado unas cuantas horas. Estaba solo en la cama, clavado boca abajo contra el colchón y con la sensación de haber estado aplastado contra él durante un buen rato. Tenía marcas por todo el pecho de las arrugas de las sábanas. Las palpé, tenían un tacto muy extraño. Giré la cabeza y volví a encontrar el paquetillo de lucky en la mesita. Me giré y me di cuenta de que tenía una erección estupenda. Aún después de la larga noche que había tenido la pobre, ahí estaba ella, a primera hora y ya tan insaciable como siempre. Me la estaba palpando cuando la otra ella entró en el cuarto. Venía en braguitas y corriendo descalza y de puntillas sobre el suelo de adobe.

― Brrrr, ¡Qué frío está el suelo! Brrr… ― Se metió en la cama de un salto desde la puerta del dormitorio. Levantó las piernas hacia arriba y se quitó las braguitas con una mano mientras con la otra me quitó el cigarrillo de los dedos y le dio dos caladas. Tenía un precioso tatuaje en el culo de una mariposa. La forma de las alas abiertas me recordaba siempre al espacio que quedaba entre sus nalgas. Luego apagó el cigarrillo en el cenicero con una mano mientras con la otra me agarró la polla y en un segundo ya me encontré otra vez atrapado entre sus piernas. Aunque hubiera intentado mostrar algún tipo de resistencia hubiera sido inútil. Era jodidamente rápida. Empezó a besarme por el cuello mientras me susurraba cositas al oído. Estaba diciéndome algo sobre lo que me esperaba cuando me pareció oír de lejos el ruido de la puerta. Estaban llamando, creo. No dije nada. Pensé que alguien habría visto el coche aparcado en la puerta de la casa. Luego ella dijo algo sobre la noche anterior y otra vez me pareció oír un ruido proveniente de la entrada. Pensé: que se vaya al campo el que sea y que vuelva luego. Entonces la cogí por el culo y me la puse encima metiéndosela entre los cachetes del culo cuando la puerta del dormitorio se abrió.

― ¿Chispa?… ― Me giré hacia la puerta y pude ver la cara de mi amigo Rafa y como sus ojos iban desde los míos bajando hasta el tatuaje del culo de ella donde se encontraba tan a gusto mi polla― ¡Huaala, nen! Lo siento ― Cerró la puerta de golpe y pude oír como se reía el muy cabrón desde el pasillo. Ella me miró con los ojos muy abiertos y se bajó de encima mía enrollándose en las sábanas e intentando imaginar hasta donde había visto mi amigo.

― Me cago en la ostia, Rafa.

― Joder, nen, lo siento. He visto tu coche solo y he dicho: voy a despertar a este cabrón, como en los viejos tiempos. ― dijo desde el pasillo.

― Maldito el día en que te enseñé a abrir el postigo de la puerta desde afuera. Me cago en la puta, ¿no sabes llamar?

― Joder, nen ¿cómo coño iba a saber yo que ibas a estar follando? ¡Que pájaro!, si me lo hubieran dicho también hubiera entrado a verlo. ¡No me lo hubiera creído, nen!, jajaja…

― ¿Y este quien es? ¿Cómo ha entrado? ― me preguntó ella enrollada en la sábana mientras se ponía las braguitas de nuevo.

― Nada, es un amigo. No te preocupes, está como una cabra. ¿Has visto mis calzoncillos?

― Yo que sé. Búscalos tú, no te jode. ¡Me ha visto todo el culo!― Encontré unas calzonas viejas de tenis de mi padre y me las puse. Me quedaban bastante chicas. Se me marcaba todo el paquete y se me metían por la raja del culo. Salí al pasillo y me lo encontré sentado en un sillón con esa risa de loco que siempre había tenido. Se levantó de un salto me cogió por los hombros y me dijo al oído:

― ¡Que buen culo te has pillado! Me molan tus calzonas, nen.

A Rafa lo conocí diez años atrás, una noche allí mismo en la discoteca del pueblo. Aquel día se peleo él solo contra otros tres tíos mas grandes y más altos que él. Al parecer se habían pasado de listos con su hermana pequeña. Rafa tenía cuatro hermanas, todas menores que él. Su padre murió cuando él solo tenía dieciocho años. No había acabado el instituto cuando se tuvo que poner a trabajar para sacar la casa adelante. Su madre bebía y de vez en cuando trabajaba limpiando escaleras y poco más. A Rafa no le habían regalado nada en la vida. Todo se lo tuvo que buscar él mismo y conocía muy bien el valor de las cosas. Y también el de las personas.

A los tres paletillos del pueblo de al lado les partió la boca uno a uno en la misma puerta de la discoteca. Yo estaba allí fuera sentado en una fuentecita fumándome un porro y vi como manchaba sus manos de sangre sin inmutarse. Los pobres catetos no se pudieron imaginar que aquel canijo medio loco llevaba desde los catorce años en uno de los mejores gimnasios de boxeo de Barcelona. Cuando acabó con los tres se acercó a la fuente a limpiarse un poco las manos. Me fijé en sus nudillos, tenía callos. Le ofrecí el porro y nos hicimos amigos. Todavía recuerdo como sonaban las ostias que repartió aquella noche. Nunca más lo volví a ver pelear.

― Anda vamos a la cocina. ¿Has desayunado?

― Qué va. En cuanto me han dicho que habías venido al pueblo he subido corriendo a despertarte. He pasado por la tienda y he comprado un pan de esos de kilo. Cómo molan esos panes, nen. Lo he dejado ahí en la cocina para que hagas unas tostadas de esas que tú sabes hacer. Huala, ¡como me alegra de verte!

― La has asustado, capullo.

― Hey, lo siento. Ahora me la presentas, eh. Que culito tiene... No has cambiado nada, tú siempre vas a por los culos.

Rafa se sentó una silla de la cocina mientras puse la cafetera y corté unas buenas rebanadas de pan de pueblo para hacer las tostadas. Yo tenía un tostador de fogón de los antiguos. Eran dos planchas metálicas que se colocaban sobre el fogón de la cocina y las tostadas salían como si las hubieras hecho en el mismo horno de la panadería. Ella entró en la cocina atraída por el olor del tostador.

― Hola ― dijo Rafa.

― Hola ― dijo ella. Se miraron. No dijeron nada. Estaba claro. Se acercó a mí por detrás y me dijo ― Hum, qué bien huele. ¿Qué estás haciendo?

― Tostadas. Siéntate. Tardan un poco pero merece la pena.

― Ya lo creo que lo merecen. Siéntate aquí conmigo y mira al artista, ¿sabías que este hombre sabe hacer las mejores tostadas del sur de …? ― Le dio dos besos y se pusieron a hablar como si se conocieran de toda la vida. Rafa tenía eso que llaman don de gentes. Lo mirabas, se presentaba, y ya te caía bien. Su mirada nunca ocultaba nada. Ni que decir que tal don le había dado gran sabiduría en el campo de las mujeres. De hecho siempre que tenía la ocasión me recordaba aquella vez que me ayudó a perder mi virginidad. Por no hablar de las veces que me invitó a participar en tríos, orgías, bacanales, y un largo etcétera que organizaba en su propia casa. Recuerdo la noche que me convenció de que la mejor manera de esnifar cocaína era colocando las rayas sobre el final de la espalda de una chica a cuatro patas para luego lamer el resto directamente de la piel de la chica. Yo había ido a visitarlo a Barcelona varias veces quedándome temporadas en su casa. Recuerdo que una vez cuando me recogió en el aeropuerto me dijo:

― Chispa, esta semana va a ser la feria.

― ¿Ah, si? No sabía que los catalanes tuvierais feria también.

― Ni puta falta que hace.

En fin, saqué las tostadas y serví el café. Luego tuve que volver a levantarme para hacer otra ronda más de tostadas mientras ellos se reían y se bebían el café metiendo prisa para las tostadas. La verdad es que aquel trasto de tostador era un gran descubrimiento. Cuando me di la vuelta con las tostadas ella ya estaba enseñándole el tatuaje apoyada en la mesa.


domingo, 1 de marzo de 2009

Acto de Fe

Aquel día yo estaba tan tranquilamente sentado en mi silla de dibujo trabajando cuando la oí llegar. Cerró la puerta y pude oír como dejaba sus cosas en la entrada. Se acercó a mí por detrás. Sentí como me agarraba por el respaldo y giró mi silla conmigo encima hasta dejarme de frente a ella. Deslizó su brazo por encima de mi hombro y dobló el flexo de la mesa de dibujo hacia el otro lado de la habitación. Luego simplemente se giró dándome la espalda hacia la luz y abrió la tapa del tocadiscos. Para que os hagáis una idea mejor de lo que ocurrió entonces, lo que empezó a sonar a continuación se parecía bastante a esto: www.youtube.com/watch?v=z9gS404xi7k (pegar en otra ventana y seguir leyendo).


Entonces algo maravilloso sucedió. Sus caderas se mecieron de un lado a otro con los dos primeros acordes combinando violencia y dulzura. Luego todo empezó a moverse rítmicamente en ella. Mi boca debió de abrirse, o mejor dicho caerse. Pero no su culo. Su culo empezó a moverse como por arte de magia. A un lado. Al otro. Y al otro. ¿Cuántos lados había? No lo sé. Infinitos. Se movía irresistiblemente despacio. Suavemente y en constante movimiento. No se muy bien cómo pero mis ojos se clavaron en su culito travieso y ya no se separaron de él ni un segundo. A un lado, y al otro, y a otro más. ¿Esta es la cuarta dimensión, dios mío? Movimiento perpetuo. Perpetua sangre fluyendo por sus piernas arriba y abajo. Entonces se agachó hasta casi rozar el suelo. Y luego se levantó despacio, muy despacio, dejando el culo arriba. Muy arriba. Más de lo imposible. La gravedad solo me afectaba a mí, no podía mover un solo músculo. Tampoco lo intenté, sencillamente no podía. Cuando se giró levemente para mirarme sin darse la vuelta completamente pareció gustarle el efecto que estaba causando en mí. Yo no podía hacer nada absolutamente. Solo mirar. Y vaya si miré. Casi me caigo de espaldas cuando su chaqueta de repente salió volando por el estudio hasta chocar contra algo que hizo ruido. No se contra qué, yo solo miraba y miraba. Luego me dedicó otra fugaz mirada por encima de su hombro mientras sus manos desabrochaban el primer botón de su blusa. Me tenía bajo control. Tragué saliva. Abrí mucho los ojos. Su culo me llamaba sin parar. Me decía mírame, mírame, mírame, … y conseguía despistar mi atención de la blusa. Aquel movimiento de caderas hacía que las líneas de su perfil se plegaran en curvas imposibles en un movimiento armónico indescifrable. Cuando volví a mirarla, a su blusa me refiero, ya estaba abierta. La dejo caer hacia atrás hasta media espalda. Y no llevaba sujetador. Entonces sentí como mi corazón dio todo un bombeo directo hacia mi polla exclusivamente. Tragué saliva. Mi boca debió de abrirse de nuevo para coger aire porque su culo no me dejaba en paz ni un segundo mírame, mírame, … y yo me sentía muy débil. Pero entonces volvió a mirarme a los ojos por encima de su hombro y dejó caer su blusa al suelo.

Entonces la música se aceleró inesperadamente. Eran tambores de guerra. Comenzó a acercarse a mí de espaldas sin mirarme. Recorrí su espalda con mis ojos de abajo a arriba, desde la rajita de su culo que se adivinaba en el borde del pantalón vaquero hasta su nuca. En un solo segundo pude contar todos los pequeñitos lunares que salpicaban su piel siguiendo el brillo de sus curvas bajo la luz de mi flexo. Cuando me pude dar cuenta ya la tenía justo encima. Me buscó estirando sus manos hacia atrás y me encontró justo donde me había dejado. Tuve que echarme hacia atrás para no quemarme. Mis manos no se habían movido de mis muslos, donde estaban apoyadas, hasta que ella misma me las cogió y se las llevó hacia delante rodeando su vientre. Entonces me hizo apretarla por sus pliegues inglinales contra mi cintura con mis propias manos, tal y como yo hacía siempre. Respiré de su nuca y pude sentir como el aire que ascendía acariciando su espalda entraba en mi pecho hasta inundarlo por completo. El dulce oxígeno de este aire entró en mis arterias como un chute de divina heroína . Su culo se acopló contra mi cintura con la precisión de un tente. Y presionó. Presionó más aún. Se me nubló la vista y mis dientes se apretaron. En mis manos sentí una suavidad peligrosamente caliente. Y la presión aumentaba cada vez más. No pude resistir. No pude evitarlo. Me sorprendí dándole un suave mordisco por encima de su hombro derecho. Me acarició la cara y de nuevo me sentí manso como un cachorrito de león. Inofensivo. Luego sus manos guiaron a las mías hacia arriba por su pecho muy lentamente y entonces vi a dios. Cerré los ojos y le vi. Estaba en el cielo riéndose y me dijo: “¿Qué pasa ahora contigo, membrillo? ¿Crees o no crees en el cielo?” Y yo le contesté con el más sincero sí que he dicho en mi vida. Le dije: ¡Síí! …


jueves, 26 de febrero de 2009

Desde el Campanario

Pasé a recogerla a la hora prevista en el cruce de su calle. Estaba esperándome en la acera con una mochila bastante grande, pensé, para un fin de semana en mi casa del pueblo. Le abrí la puerta y metí la mochila en el maletero. Nos pusimos en marcha. En cuanto salimos de la ciudad cogió su bolso y sacó una posturita de hachís sonriéndome y se hizo un porro. Yo estaba intentando dejarlo, ella lo sabía. Yo había dejado de comprar, para ser más exactos. Era la única manera que encontré para mantener la droga a raya. Así al menos no tenía siempre encima y solo fumaba en ocasiones. En las ocasiones que me invitaban, claro. Subí el volumen de la radio, ella encendió el pitillo y me lo pasó. Pisé el acelerador con la vista en la carretera. Me encanta fumar y conducir.

Cuando llegamos al pueblo hacía una temperatura estupenda. Unos cinco grados menos que en la ciudad debido a la altura de la sierra. Apretaba el sol pero siempre corría una fresca brisa que sentaba de puta madre en pleno verano. Sobretodo a la hora de dormir por las noches. Mi casita estaba casi en la entrada del pueblo. Era de las casas más altas. Por su situación me refiero. Me explico: la casa tiene una planta por la calle de la entrada, planta baja. Pero por la calle de atrás esa misma planta es una tercera debido al desnivel del monte. Entramos y abrí el ventanal de la terraza del corredor. Se podía ver todo el pueblo como si se hubiera dejado caer colina abajo hasta llegar a un pequeño valle. La verdad es que tengo una de las mejores vistas del pueblo. Justo a la misma altura que mi terraza estaba el campanario del pueblo, a unos cien metros justo en frente, para que os hagáis una idea de la pendiente del pueblo. Y en el campanario hay un nido de cigüeñas en el que viven una pareja y su pequeño polluelo. Digo polluelo porque la última vez que había estado allí así era el pequeño, pero ahora se había convertido en un pajarraco torpe, en comparación con la majestuosidad de su elegante padre, y que apenas cabía en el nido.

― ¡Ahí!, ¡Mira las cigüeñas! Oh, es precioso, Al. Que bonito. Me encanta esta casa ― dijo abrazándome y besándome con muchas ganas.

Bueno ella era ornitóloga, todo hay que decirlo. Para los no iniciados: bióloga especialista en aves, migraciones, poblaciones, y un largo etcétera que os ahorraré a vosotros. Así que la carta de las cigüeñas salió de mi manga en el momento preciso y aquella jugada surtió el efecto deseado. Puntazo para mí.

Después de echar un polvo rápido en la cama de matrimonio nos vestimos y fuimos a comer a la majá de arriba. Una especie de restaurante rural para la gente del pueblo con unos precios muy interesantes aunque no tanto como la carta de chacinas y carnes. Íbamos bien de dinero así que pedimos sin miedo. Teníamos un hambre atroz. Solo hacía falta mirarnos así callados y fumando mientras esperábamos la comida. Cuando nos pusieron los primeros filetes de secreto ibérico la saliva ya no me cabía en la boca.

― Espera ― le dije ― vamos a bendecir la mesa ― me miró con la boca abierta y dije reclinando la cabeza ― Por favor, que no llamen al teléfono y que no esté fría la comida.

― Amén ― dijo ella masticando ya el primer bocado en la boca.

Nos pusimos hasta arriba. Literalmente. No nos podíamos mover de la mesa. Así que pedimos dos cafés y luego otros dos. Estuvimos charlando un buen rato con el estómago bien lleno. Ella siempre me había dicho que no era mucho de carne. Yo pensé, espera que pruebes esto y veas como huele y ya me cuentas luego.

Luego dimos un paseo por el pueblo. A ella le hizo mucha gracia eso de saludarse con todo el mundo. Se lo iba explicando mientras bajábamos las calles. Subirlas de vuelta ya sería otra historia.

― Aquí se conoce todo el mundo, quilla. Aquí se le dice hola a todo el mundo. Y si no tienes ganas de hablar pues basta con un “hey”, aunque según lo pronuncian aquí se parece más a un “háay” que otra cosa. Mira, aquí viene un viejo, salúdalo, venga. Salúdalo tú.

― ¡Pero si no lo conozco de nada!

― Da igual, tu dile “háay” y verás como te saluda.

― Jaí ― dijo ella. El viejo levantó la vista mientras subía la calle y le levantó una ceja. No me pude contener de la risa.

― ¿Lo ves? No me ha saludado. ¡Tú!, ¡no te rías! Que cabrón estás hecho ― bajé el resto de la calle partiéndome el culo de risa.

Luego dimos un paseo por el campo. Cogimos uno de los caminos que van a las huertas hasta un manantial al que iba con mis colegas a fumar porros cuando veraneaba en el pueblo. Nos cruzamos con un buen puñado de gente. La mayoría me conocían de vista. Ella ya no quiso saludar más y se limitó a sonreír a los lugareños cuando nos saludaban. Llegamos al manantial y bebimos un poco. El agua estaba muy fresca. Entonces quise dármelas de silvestre y me salté una tapia. Cogí cuatro manzanas verdes y se las tiré por encima de la tapia.

― Como nos cojan robando manzanas nos van a dar de palos aquí, tú.

― Tú tranquila, aquí no pasa ná.

Lavamos las manzanas en el manantial. Estaban verdes y muy frescas. Riquísimas. Tenían un puntito ácido muy jugoso de recién cortadas que se notaba en las encías al morderlas. Nos las comimos mirándonos y riéndonos. Parecíamos dos chavales de ciudad mezclándose en la naturaleza. Justo lo que éramos. Luego nos fumamos otro porrito y nos volvimos al pueblo dando un paseo campestre.

Ya en casa me tiré en el sofá e intenté encender la vieja tele que tenía allí mientras ella se daba una ducha. La tele no funcionaba. Mucho mejor. Cogí el sofá y lo arrastré hasta la terraza del corredor. Era muy espaciosa. Puse los pies en la barandilla y contemplé el paisaje rural. La madre cigüeña estaba enseñándole al pajarraco a volar pero el pequeño no le echaba huevos al tema y no acababa de decidirse a salir del nido. Solo se ponía de pie, daba unos cuantos aleteos seguidos y en cuanto separaba las patas de la cornisa del campanario volvía a bajar cagadito de miedo. Le temblaban las piernas.

― ¡Échale huevos chaval! ― le grité. El padre se giró y me miró allí repatingado en el sofá liándome un pitillo. Entonces ella subió por las escaleras del baño, que estaba en la planta de abajo.

― ¿Con quien hablas? ― venía envuelta en una vieja toalla blanca que había encontrado en el antiguo ropero de mi abuela y que le había gustado mucho. Se puso delante y se subió encima mía a horcajadas abriendo la toalla. Su cuerpo aún estaba húmedo. Por todas partes ― ¿No quieres darte un baño?

― Enseguida me lo voy a dar, en cuanto solucione un asunto que me ha surgido de improvisto.

― ¿Ah, si? ― dijo acomodando su entrepierna sobre mi cintura ― ¿Cuánto crees que tardaras en solucionarlo?

― Creo que cinco minutos. Diez máximo.

― ¿Solo? ― me miró de cerca a los ojos con los suyos bien abiertos. Tenía una forma muy animal de mirarme cuando se sentía salvaje, como ella misma decía. Las cigüeñas tampoco nos quitaron el ojo en ningún momento.

― Nos están mirando.

― Me da mucho morbo que nos miren ― Ella tenía un sexo muy salvaje. Tenía toda la razón.


miércoles, 25 de febrero de 2009

La Prueba de Fuego

“Como un aullido de lobo con la luna llena de fondo. O como Beethoven de perfil sacudiendo su melena al dar el primer acorde. Joder, así me gustaría a mí empezar una historia. Reventando. A tomar por culo todo. Como un halcón que cae en picado sobre una perdiz que no tiene tiempo para darse cuenta de nada. O como una bomba lapa en el bajo de un coche que explota al hacer contacto la llave y levanta el coche hasta un quinto piso dejando en el suelo un socavón de cuatro metros. A chuparla. Es lo único que se puede decir. La historia ya ha comenzado…”

Dos semanas. Llevaba toda la tarde esperándola en el estudio de la Alfalfa. Me había pasado dos semanas sin salir de allí. Por fin abrí el balconcito y salí al mundo exterior. Me miré las palmas de las manos aún manchadas de tinta. Habían pasado dos semanas en las que había subido al olimpo con los dioses y luego tuve tiempo para darme una vuelta por el infierno, donde me encontré que me estaban esperando. Hacía tiempo que no bajaba por allí. No recordaba haber hablado con ningún ser humano de carne y hueso durante aquellas dos semanas.

“… Saliendo de aquella fiesta los dos abrazados y borrachos él se dio cuenta de que nunca sería capaz de olvidarla. No necesitaba más que mirar en sus ojos para saberlo todo. No había secretos. No había tensión, ni gestos fingidos. La felicidad inundaba cada mirada hacia el mundo y hacía que éste brillara como un farol mientras paseaban...”

Aquella misma tarde su avión había llegado a la ciudad. Me llamó en cuanto aterrizó. Colgó justo cuando se montaba en el taxi que la traía hasta mí. La noche anterior de su vuelo, antes de caer dormido durante casi veinte horas, le había mandando por email lo que acababa de escribir. Ella siempre era la primera en leerlo. Era la mente fría que sabía distinguirme entre lo ridículo y lo genial. Era como un pequeño ritual. Lo llamábamos la prueba de fuego. La vi bajar del taxi desde el balcón. Subió corriendo las escaleras. Abrí la puerta en calzoncillos y se tiró encima mía abrazándome entre sus piernas y besándome por toda la cara y el cuello. Llevábamos casi dos meses sin vernos. Nos tiramos a ello toda la tarde. Sabíamos que solo tendríamos dos días antes de que se volviera a marchar por seis meses. O quizás para siempre. Y a mí me parecía un trato justo. Mientras durara.

“…Sonaba una canción de fondo que decía: “Cuando más te quería, me dijiste que no. Hijo de puta, maricón , jódete.” ¿No crees que la gente merece una segunda oportunidad? Si una persona comete un error grave, ¿no crees que merece una segunda oportunidad? O tal vez debe seguir pagando su error por el resto de sus días. Tal vez esté esperando una señal. Un pequeño gesto que le ayude para convertir lo negativo en positivo. Para darle la vuelta a todo. O por lo menos volver a intentarlo. Una segunda oportunidad…”

Después de la lucha libre nos sentamos en la pequeña cama de noventa que teníamos allí y que a mí me gustaba tanto. Cuando dormíamos juntos nos sobraba la mitad de la cama. Nunca pasé frío. Nos sentamos como dos indios y me preparé para el juicio final. Aquello que había escrito iba a ser mi despedida personal de ella. Los dos lo sabíamos. Solo que nos jodía demasiado como para aceptarlo. Perra vida.

― humm Espera, debo prepararme. Me cago en la puta, necesito un cigarrillo.

― Dame uno.

― Bien, humm como los viejos tiempos. Sé directa, quiero saberlo todo. Aquí vamos. Dime la brutal verdad. Destrózame. Adelante.

― No puedo…

― ¿O quizá prefieres que me de la vuelta y me ponga en pompa para que así puedas lamer mejor, eh, qué me dices?

― No puedo, Al. Ya estás otra vez, no me estás escuchando... ― dijo bajando la cabeza.

― Venga ya. Te encanta hacerme pedazos ¿Acaso no es divertido cuando te doy permiso? Venga mírame, Clara. Mírame. ― no quería mirarme a los ojos ― Oh, no. Clara… No puede ser. ¿No la leíste? ¿No la leíste, verdad? Mierda, no la leíste. ― dije levantándome de la cama.

― ¡No puedo leerla, Al! No puedo... ― le oí decir mientras yo daba vueltas por el cuarto.

― ¿¿Por qué no??

― ¡Por qué no puedo volver atrás! Esta parte de mi vida termina aquí. Ya se acabó.

― Se me vienen muchas cosas a la mente y que quisiera decirte. Pero ahora mismo solo se me viene una sola cosa y es: ¡Joder, Clara, acabamos de follar! ― le grité.

― ¡Joder, cállate!― dijo tapándose los oídos.

― Callarme no hará que desaparezca.

― ¿Sabes qué? Esto ha sido cosa de una noche. Se terminó. No me arrepiento, pero...

― ¿Pero por qué te ibas a arrepentir? Te has corrido tres veces.

― ¡Cállate!

― Bueno, dos, … ¿dos y media?

― Está bien, ahora si me arrepiento.

― Está bien, ya paro. ― le dije mientras volvía a sentarme en la cama. Me cogió de las manos.

― Al, el hecho de que escribieras esto es increíble. Estoy muy orgullosa de ti. Y estoy contenta de que finalmente tú continúes con tu vida y es maravilloso. Pero tienes que hacerlo tú solo. ¿Entiendes?

― ¿Y si no quiero, Clara? ¿Y si no quiero hacerlo solo?

― ¡Al! Yo ya no te quiero. Quiero a Carlos. Y me voy a ir con Carlos, y … necesito que lo aceptes. Lo necesito de verdad. Tú mismo fuiste quien me animó a irme, Al. ¡Tú!

― Soy un maldito capullo hijo de puta. ― dije mientras volvía a ponerme de pie ― Clara, ¿eres feliz?

― ¿Qué?

― Es una pregunta simple. Que si eres feliz.

― Yo ya no sé ni siquiera qué significa eso.

― Muy bien, te lo preguntaré mas directo: ¿Te hace feliz ese Carlos?

― Sí.

― ¡Maldita perra! ¡Mentira cochina!―le grité la sacudiéndola por los hombros.

― Jajaja, ¡En serio! Me hace feliz. De verdad.

― ¿Del modo en que yo te hago feliz?―le dije poniéndome de rodillas en el suelo.

― ¿Tú? ― me cogió la cara en sus manos dulcemente y me dijo ― Tú me vuelves loca.

― ¿Así que no te hago feliz? ¿Te vuelvo loca?

― Claro que sí. Quiero decir, hubo una época en la que me hiciste feliz. Pero después me volviste loca y eso también estuvo bien, … por un tiempo. Pero después yo… Yo he evolucionado.

― Ah, ya. Has madurado más que yo. Entiendo. ― le dije poniéndome de pie otra vez.

― Sí, sí, precisamente.

― ¿¿Y yo no??

― No. Tú no.

― Pues, ésa es una forma terrible de resumir una relación.

― Bueno, ¿y cómo la resumirías tú?― me preguntó mientras me asomaba al balcón. Me quede un buen rato pensando. Miré una pareja de ancianos que cruzaban la plaza cogidos de la mano. De repente pensé que esta sería probablemente nuestra última discusión. Le contesté con la mirada perdida hacia la plaza.

― Yo diría que nos queríamos demasiado. Y creo que cometimos el error de hacerlo bien a la primera. Nos conocimos y enseguida lo supimos. Solo tuve que mirarte dos veces a los ojos cuando ni siquiera conocía tu nombre. Y eso nos presionó demasiado. Y colapsamos. Plumm Como aquella vez que nos caímos borrachos por las escaleras. ¿te acuerdas?

― Jajaja Sí, cuando intentaste subirme en brazos y nos caímos de culo hasta el portal... Y luego lo hicimos en el suelo del rellano. ¿Te acuerdas?

― ¿Lo ves? Si te puedo hacer reír así, ¿por qué no podemos estar juntos? ― le pregunté volviendo a la cama junto a ella.

― Eso es lo que no entiendes. ― me volvió a coger las manos y mirándome a los ojos me dijo ― ¿Sabes por qué? Porque tú no quieres estar conmigo. Crees... Sé que crees que quieres. Pero si me entregara a ti, acabarías decepcionado otra vez, porque tú no estás enamorado de mí, Al. Estás enamorado de la idea. De la idea del amor.

― ¿Y tú, cómo puedes ser tan guapa y estar tan equivocada?

― Todas estas cosas que se supone que no deben pasar, pasan, cariño. Y lo que pase a partir de ahora solo dependerá de ti. ― dijo cogiéndome la mano y besándomela.

"… Aquí estamos otra vez, de nuevo", pensó ella. “Todos estamos tan desesperados por sentir. Vagamos por nuestras vidas buscando esos brazos que nos acojan por fin. Aunque solo sea durante unos instantes. Aunque solo sea una leve caricia que nos de la paz. Lo que sea, que nos haga seguir enamorándonos mutuamente y arruinando nuestro camino hasta el fin de los días. ¿Acaso hay algo mejor?”


domingo, 22 de febrero de 2009

Me hechizó, y ya no supo cómo deshacerlo.

Érase una vez, escribí una historia. La gente parecía entenderla, así que escribí otra y otra más. Así fue cuando internet apareció golpeando en mi puerta. Tan pronto como subí algo mío a la red puse mis labios alrededor de la erección divina que esta industria es y chupé fuerte, tal como una buena puta debería.

― Uau. Escribes fuerte. Mola. No me gustan los libros fríos. Ya sabes que me gusta leer en la cama.

Laura me había invitado a su casa a ver una película en el sofá. Cuando me invitaba en este plan ya sabía lo que podía pasar. Hacía casi tres años que ya no estábamos juntos pero, luego de una pausa de un año sin apenas contacto, seguimos teniendo un sexo increíble, y mucho más relajado. Cuando iba de camino a su casa paré el coche en la puerta de una tienda que había en su calle y compré una botella de rivera y dos paquetes de cigarrillos. Habíamos visto la película mientras nos bebimos el vino y luego quiso que le enseñara lo último que había escrito. Me quedé mirándola todo el tiempo mientras ella leía. Parecía gustarle. Me gustaba mirarla. Nunca pude disimulárselo. Cuando terminó de leer se giró hacia mí con una mirada pícara y me dijo:

― ¿Qué pasa contigo? Pareces un poco...

― ¿Alegre?

― Sí.

― ¿Diabólico?

― Precisamente.

― ¿Feliz?

― Incluso.

― Bueno, tal vez conocí una chica. ― Le dije sonriendo. Me gustaba picarla. Entonces se levantó del sofá y se paró delante mía de pie metida en su albornoz verde marino.

― ¿Quieres hacerme un favor? ― me preguntó.

― Claro que sí. ¿Qué pasa?

― Por favor, dime lo que piensas. ― entonces se desabrochó el albornoz y pude seguirlo con la mirada hasta caer al suelo. Recorrí su cuerpo desnudo delante mía de arriba a abajo sin perder detalle.

― Uau ¿Sinceramente?

― Sí, sinceramente.

― Cuando una mujer te dice eso debes tener mucho cuidado con lo que dices, sabes.

― No tengo tiempo de jugar a juegos, Al. Necesito saber la verdad. Mis pechos, ¿qué te parecen? En serio.

― Me resultan muy morbosos. Prometen una suavidad muy excitante.

― ¿Crees que son demasiado pequeños?

― ¿Demasiado pequeños para qué?

― Quiero que me los agranden.

― No, son absolutamente casi perfectos. Da igual desde donde los mire. Se ven igual de tersos. Me gusta como apuntan hacia arriba cuando estas delante mía así de pie.

― Siempre te gustó hacérmelo de pie ¿Y mis labios, que tal?

― ¿Tus labios? Sumamente besábles.

― No esos labios. Éstos. ― dijo señalándose el sexo.

― ¿Qué pasa con ellos?

― ¿No crees que están demasiado fláccidos?

― ¿Qué?

―¿Blandos? Estaba pensando en solucionar eso. Rejuvenecimiento vaginal. ¿Oíste hablar de eso? Los recortan un poco. De ese modo no se ven como carne pasada.

― Que extraño… Creo que acabo de perder mi hombría y me está entrando hambre al mismo tiempo. Olvida lo de los labios. Por otra parte, bueno, se nota que tienes abundante vello púbico, aunque lo arregles de esa manera tan sutil, lo cual me parece genial. No me gusta la sensación de tocar a una menor.

― Gracias.

― Es un placer.

― ¿Quieres hacerme otro favor?

― Por supuesto. Ya que estamos.

― ¿Quieres follarme? Mi último ligue hace semanas que no me llama por culpa de una niñata y ahora todo lo que quiero es ser follada por un tío al que realmente le gustan las mujeres. Si te parece bien.

― Eres una titán muy viciosa. ¿Lo sabías? Ven aquí.

Habíamos puesto música y recuerdo que lo hicimos en el sofá con un blues de fondo muy intenso y caliente.


… I put a spell on you
’cause you’re mine

You better stop the things you do
You know I can’t stand it
You’re runnin’ around
I can’t stand it cause you put me down

I love you anyhow
And I don’t care
If you don’t want me
I’m yours right now

You hear me
I put a spell on you
Because you’re mine

And you know it…


― ¿Puedo preguntarte algo?

― Si no hay remedio…

― Cuando estabas conmigo, ¿yo era importante para ti, Laura? Quiero decir, ¿Alguna vez… ¿Alguna vez te hice sentir estúpida?

― No fuiste malo, no. Pero eres duro con la gente, Al. Hay que tener mucha paciencia contigo cariño. Yo ya estoy acostumbrada. Pero vuelves loca a cualquiera con tus rayadas, cielo.

― Desearía ser diferente.

― Yo también. Pero no lo soy. ¿Sabes? A veces me imagino que estás aquí conmigo en la cama.

― ¿Ah, si? ¿Y qué hacemos?

― Nada. Solo me abrazas.

― ¿Por detrás?

― Y por delante.

― ¿Y solo eso? ¿No te toco?

― Casi nunca. Tampoco hablas. Solo suspiras y dices hummm.

― ¿Y como te sientes?

― Muy tranquila y relajada. En paz. También te gusta besarme en la nuca, donde empieza el pelo. Pero muy suavemente. Casi sin rozarme.

― ¿Y luego que pasa?

― Que me duermo enseguida.

― No me necesitas para nada.

― Todo lo contrario. Quédate. Tengo un montón de cosas que quería contarte.

― Genial.


jueves, 19 de febrero de 2009

Terapia Natural

Fue en un bar de copas cerca del barrio. Estaba muy bien montado en una antigua casa aristócrata, con muchos sofás y mesas de café. Abrían por las tardes y solíamos parar por allí después de las comidas en reunión para tomar las primeras copas a modo de digestivo. Yo estaba tan tranquilamente sentado, o más bien casi tumbado, para ser más estrictos, en uno de los sofás con los pies cuidadosamente apoyados en la mesita del café entre las copas, y mirando los video clips que ponían en las pantallas. Entonces llegó María con un amigo suyo del brazo. Venían muy animados, parecían pasarlo muy bien. Me di cuenta de que no me dejarían a hacerlo a mí. Con lo pacífico que soy yo.

― Hey, ¿sabes que? ― dijo María sentándose a mi lado en el sofá ― Julián también escribe.

― ¿En serio? Lo siento por ti, Julián ¡La cuenta por favor! ― dije intentando incorporarme. Tenía que escapar como fuera. Pero ella era una depredadora.

― Hey, ¡quieto ahí! ― María se giró hacia Julián mientras me sujetaba del muslo para no dejar que me escaqueara de la charla literaria ― Es un tonto, no le hagas caso. Julián fue quien escribió el texto para el grupo de teatro que te conté el otro día, ¿recuerdas? No claro, que pregunta. El fue quien nos pasó el guión de Los Artistas Somos Todos. Cuando lo leí, pensé, “vaya esto sí es bueno. Este tío es un genio”. Y ahora está aquí.

― No me lo puedo creer. ― dijo Julián dedicándole una sonrisa interesante.

― ¡Sí!, y todavía lo tengo en mi mesita de noche. De verdad. Me encanta. ― dijo María mirándole a los ojos.

― Vaya, gracias. Es un halago. Viniendo de ti. ― le contestó el.

― Un momento ― tuve que interrumpir antes de que se subieran al sofá a lamerse el culo el uno al otro como dos perros en celo ― Espera un poco, a ver si lo he entendido bien ¿has escrito sobre lo que significa ser un artista?

― No te pongas borde, Al. ― María me vio venir. Instinto de cazadora. Ya os lo dije.

― En realidad, ― dijo Julián ― si tuviera que definirlo de algún modo, escribo sobre acceder al artista que existe en cada uno de nosotros.

― Entonces, ¿de verdad crees que cada persona tiene... un artista dentro? Una especie... de … Picasso interior?

― Exacto.

― Por lo tanto, te consideras a ti mismo un artista.

― Me gusta pensar en mí mismo más como un espíritu creativo.

― Ya bueno. A mí me gusta pensar que me despiertan por la mañana con una buena mamada y eso no hace que sea verdad. Incluso me conformaría con una paja.

― Bueno, yo tengo que irme ya pronto, María. He quedado con un grupo. ― Julián se giró hacia mi ya de pie y me dijo ― Deberías asistir a uno de mis talleres, Al. Es gratis.

― ¿Ah, también haces talleres? Mmm Vaya, no me interesa ― dije sin apartar la vista de la pantalla donde una bailarina con un culo perfecto lo movía arriba y abajo en primer plano delante de la cámara en un video clip latino muy sexy. Mis ojos seguían aquel culo de la pantalla arriba y abajo, arriba y abajo mientras el pelma de los artistas interiores seguía hablándome.

― Pásate cuando quieras para echar un vistazo, Al. Creo que quizás te ayude con tu escritura. Quizás.

― Claro que sí, motherfucker. Sabes, no me sorprendería nada que acabaras vendiendo esa mierda, porque creo que explotas uno de los negocios más grandes que hay. Todo el mundo quiere ser alguien especial. Los hay incluso que se lo creen de verdad.

― Y lo son. Incluso tú, Al.

― ¿Yo? No lo creo. Yo no hago nada especial. Yo solo veo las cosas que pasan. Igual que esta palmera. Si es que ve algo. Hola…

― Adiós, Al ― dijeron mientras salían por la puerta. Me dejaron allí hablando solo con la planta. Una palmerita metida en una maceta que había al lado. Cogí la maceta y la subí en el sofá. La abracé. Nos pusimos a ver la tele.

― Estás callada.

― Me gusta el silencio.

― Sí, a mí también. Siempre que estés a gusto.

― Mi corazón duele.

― ¿Tu corazón? Vaya. El mío también ¿Algún palmerito?

― No lo sé. Creo que sí… Sí.

― Yo también. Pero, con una chica. ¿Quieres hablar de eso?

― No. Sólo quiero saber… ¿cuándo deja de doler?

― Bueno. A lo mejor no te gustará oírlo, pero si tienes suerte, supongo que nunca.

― ¿Lo habéis hecho? … Tú y esa chica.

― No. Perdí mi oportunidad.

― Eso no debería ocurrir nunca. Es muy triste.

Seguimos mirando la tele. El video clip de la chica del culo moreno estaba acabando.

― ¿Ves?, al final, tal vez, todo se reduzca a eso. Al sexo. Es lo que decide quien triunfa y quien no. Felicidad o soledad. Y no tiene nada que ver con si es justo, o merecido, o no. Además, es lo único que quiere todo el mundo. Supongo… ― me giré hacia la palmerita, acariciando sus hojas y le dije ― ¿Y a ti, cielo? ¿No te gusta el sexo?

― Seremos amigos.

― Está bien, no he dicho nada. Será mejor. La gente está empezando a mirarnos raro.

― No me importa.

― A mí tampoco, ¿un cigarrito?


miércoles, 18 de febrero de 2009

Cuando es lo que hay


Concha se levantaba cada mañana. A las siete.
No le quedaba más remedio.
Tenía siete bocas que alimentar. Siete.


Concha tenía un marido que la quería.
Un marido que fue barbero. Que se sepa:
Barbero, vigilante nocturno y tornero.


Concha sabía hacer las mejores papas con bacalao.
Sabía sacar diez filetes de un cuarto de carne
Y todavía dejaba algo pal vecinito de al lao, el pobre.


Concha dormía con su marío en su dormitorio.
Con su marío y los dos más pequeños en su mismo cuarto.
Y por si dios quería, todavía guardaba sitio. Por si acaso.


Concha vivió en el monte, en la sierra y en la aldea.
Vivió en los pajaritos, en la calle feria y la macarena.
Pero esta mañana Concha no se levantará a las siete.
Porque esta noche es suya. Esta noche le pertenece.


Concha nunca conoció a su padre.
Cuando esta noche lo encuentre se tirará a sus brazos
Sin importarle nada, ni cuanto, ni ande.


Porque cuando es lo que hay,
… es lo que hay.


domingo, 15 de febrero de 2009

Speed Psicoanálisis

Jan pasó a recoger a su amigo Al una hora más tarde de lo que le había dicho por teléfono. Llegaron a la puerta de la casa donde Isa daba su fiesta y aparcaron el coche de una sola vez dejándolo con las dos ruedas derechas subidas en la acera. Los dos amigos salieron del coche. Venían discutiendo. Al cerró su puerta de un sonoro golpe. ¡Plamm!

― Muy bien, Jan. Ven aquí. Ahora, repite conmigo: Yo nunca.

― Yo nunca…

― Pero nunca jamás.

― Nunca jamás…

― Me follaré a Isa otra vez.

― Me follaré a Isa otra vez.

― Muy bien, te lo agradezco.

― Joder, tío. Solo de decirlo ya me he puesto caliente, jajaja

― ¡Que te jodan, cabrón!

― Hey venga tío, ven aquí. Lo siento, tío. Te aprecio un montón. Venga, tú ya lo sabes. No me hagas tener que decírtelo.

― A veces las cosas se deciden por lo uno dice o deja sin decir, ¿sabes, Jan? No puedo perdonarte siempre todas las putadas que me haces, joder… ― Al se quedó mirando al suelo ― Dios mío, acabo de imaginarme como tiene que ser estar conmigo mismo…

― Hey, hacía mucho que no tenía un amigo como tú, ¿vale? No volverá a ocurrir.

― Está bien para ya. Me vas a hacer vomitar.

― ¿Todavía la quieres, verdad?

― Joder, sí. Vámonos. Tenemos que subir a la fiesta.

Isa los recibió en la puerta y recogió sus abrigos. Había mucho ruido y mucha gente dentro. Se escuchaban las risas desde la calle. Isa cogió del brazo a Al mientras cerraba la puerta y entró con él en el cuarto de la casa que aquella noche funcionaba como guardarropa.

― Vaya. Ha venido mucha gente a tu fiesta. Cada día estás más popular.

― Te lo voy a pedir solo una vez ¿Podrías comportarte esta noche?

― Por favor. Me hablas como a un niño.

― Eres un niño.

― ¿Qué es lo que piensas que voy a hacer? ¿Remover el bol del ponche con la polla?

― Bastante probable, sí. Esa es la cosa contigo. Uno nunca sabe lo que esperar de ti… o de tu polla.

― Mmm Golpe bajo. Sabes, cariño, estás preciosa esta noche.

― Bien, eso es... Gracias, Al. Anda, vamos con ellos. Sé bueno, por favor.

― Seré bueno. No te preocupes por mí.

― No eres tú quien me preocupa, Al.

La fiesta estaba en su apogeo. La gente iba de un lado para otro bailando y derramando sus bebidas por el suelo. La mayoría de la gente estaba en el salón. Allí estaba siempre Isa, que de vez en cuando volvía a la cocina para asegurarse de que no faltaba de nada. Había además varios grupos en diferentes cuartos con su música particular cada uno. Al se dio una buena vuelta por toda la fiesta hasta que dio con el cuarto donde se encontró más a gusto. Estaban escuchando algo de rap de El Club de los Poetas Violentos y volcando rayas en un pequeño aparador del Ikea. Allí estaban dos o tres chicos con rastas en el pelo y otro más rapado al cero que era el que colocaba las rayas. También había dos chicas más apoyadas en el aparador. Una de ellas se acercó a Al para pedirle fuego.

― Isa me habló de tu blog, sabes. Lo he leído. Está muy entretenido.

― Bueno, eso es lo que hago, básicamente. Entretenerme. Como vosotros.

― ¿Quieres una?

― Claro, ¿por qué no?

― Estoy interesada en ver que es lo que escribes mañana sobre esta fiesta.

― Bueno, solo escribo lo que me sube a la cabeza ― dijo Al mientras se inclinaba sobre el aparador y esnifaba su raya. ― Mmm Soy el chico del caos. Crearé un caos para tí.

― Bien, eso me gusta. Me toca.

Luego se asomaron a un pequeño balcón que había en la habitación para respirar un poco. Se llamaba Bea, y era psiquiatra. Acababa de licenciarse. No sabía muy bien que hacer ahora. Como todos. Allí le contó a Al que acababa de dejarlo con su novio. Al parecer él nunca se había tomado muy en serio lo de estar con ella. Pero ahora ella buscaba algo más comprometido, más serio. Quería hacer planes. Como todas.

― Cuando te pasas cinco años amando a un tío y preguntándote porque él no te ama a ti, tiendes a ser un poco cínica sobre las cosas, sabes.

― Sí. La cuestión supongo que es juntarte con alguien que te recuerde siempre la suerte que tienes de estar a su lado ― Bea le pasó un porro que se había liado mientras charlaban en el balcón.

― Entonces ahora que ya estás licenciada, ¿has tenido algún paciente?

― Profesionalmente, no. No estoy segura de querer ejercer.

― Pues sabes, tal vez te interese estrenarte conmigo. El otro día tuve un sueño muy caliente con una monja.

― ¿En serio? ¿Y qué pasó?

― Soñé que la monja me hacía un mamada.

― ¡Ahí vamos! jajaja, una monja y una mamada. Es buenísimo, sí señor.

― ¿Tu crees? ¿Y cuál es tu opinión como psiquiatra, doctora?

― Bueno, no se necesita a Freud para descifrarlo. ― entonces Bea puso un tono de voz muy gracioso en plan profesional ― Podemos establecer que tienes una predilección por la compañía de mujeres que no están disponibles. Infidelidad fetichista.

― Tiene gracia ¿De verdad lo ves así?

― Supongamos que así fuera, ¿vale? ¿Cual sería el colmo de ese fetiche? Tal vez sea una mamada de una mujer que esta escencialmente casada con Dios.

― Joder, visto así… Oye, ¿y no puede ser solamente un sueño curioso?

― Jejeje, Anda, vamos adentro.

Volvieron a la fiesta. Estuvieron allí bailando y bebiendo hasta que en una de sus visitas a la cocina, Al pudo ver que ya no quedaba whisky. Iba siendo hora de migrar de allí. Encontró a Bea en la puerta de la casa con los tres chicos de antes y su amiga.

― ¿Ya te vas?

― Sí, nos vamos a mí casa, a tomar la última copa, ¿quieres venir?

― ¿Tienes whisky?

― Sí.

― Estupendo. Vamos allá.

Algunas horas más tarde y después de dos o tres copas más Al consiguió quedarse a solas con Bea en su casa. Los chicos se fueron cuando su amiga empezó a decir que tenía sueño y era hora de irse. Al pensó que seguramente Bea ya les hubiera facilitado la información necesaria para dejarlos solos. En cuanto cerraron la puerta se lanzaron el uno sobre el otro en una pelea de besos hasta llegar al dormitorio de ella.

― Ooh, oh dioss… Mmm Uff, era justo lo que necesitaba.

― Bien por ti. Encantado de satisfacerla, doctora.

― Oh…

― Que, ¿vas a tener otro?

― No, no es eso. Creo que… voy a llorar. Oh … snif

― Oh, nena, no hagas eso. ― Bea empezó a sollozar con una sonrisa en la cara. Era una expresión muy extraña. Estaba llorando de verdad pero sin embargo se la veía feliz.

― No, tranquilo, no es malo.. snif Me pasa a veces.. snif Después de correrme me entran ganas de llorar. O sea, no siempre. Algunas veces.. snif Pero a veces me pasa.

― No te preocupes. A mi también me ha pasado alguna vez. Solo que por lo general, después de correrme me entran ganas de echar una siesta.

― ¿Y soñar con monjitas, eh?

― Sí. Anda que tú y yo estamos bien…

― Necesito ir al baño.

― Está bien. Sabes, las chicas con las vejigas pequeñas siempre me han parecido sexys.

― Gracias. Eres un encanto de paciente. Ahora me explicas eso.


jueves, 12 de febrero de 2009

Se busca un corazón

Buenos días. Prometeo os odia a todos.

― Haz lo que quieras. No me importa lo que digas en tu blog ése.

Ya he aprendido algunas cosas sobre la vida:
1º- Una mañana entera metido en un trabajo sin sentido, obedeciendo a un subnormal que se cree mejor que tú porque se ha levantado una hora antes para afeitarse su redonda cara de cerdo, no tiene precio.
2º- Un funcionario universitario que, protegido tras las trabas burocráticas, te mira a los ojos y acercándose a ti te confiesa que te esta puteando la vida con una sonrisa en la cara, NO lo siente. A pesar de que lo repita tres veces seguidas, y en voz alta.
3º- Las niñas de primero y segundo que pasaban de ti como de las clases, ahora se quedan mirándote cuando vas por los pasillos por los que ya nunca volverás a pasar como una promesa que jamás se cumplirá. (cada vez están más buenas y son más guarras)
y 4º- Cualquiera de estas cosas es mejor que pasar la noche solo deseando tener a alguien al lado en la cama. Sobretodo cuando no sabes muy bien a quién.


En el país del fútbol y los políticos corruptos, el tiempo pasa lento cuando es el tiempo que nos queda. Un día sueñas, el siguiente escribes, y al otro todo lo que has escrito y soñado se transforma en algo real. Y viceversa. Si me hubieran avisado antes…

Errores que se cometen, corazones que se rompen, lecciones duras que se aprenden. Los días llegan y se quedan. Unos encajan bien, y otros mal. Así es como funciona.

Me han dicho que invente una historia sobre la chica que desapareció hace ya casi tres semanas. Lo siento chicos, no me gusta meterme en la mierda hasta el fondo. Aunque siga pisándolas en la calle justo antes de subir a vuestra casa.
Hoy solo me apetece escribir con música de fondo como de cajita de música mientras la noche lo cubre todo de silencio. Ya no puedo vivir de día. Hay demasiado ruido. Y a mí solo me gusta un poco. De vez en cuando, como el amor.
Hay cosas que debo resolver. Al menos por mi propio bien. Están esperándome ahí delante. A veces me miran como preguntándome: “Hey, ¿ya no te acuerdas de mi?” Y yo les digo que sí hombre, que sí. Solo que ahora no puedo. Tengo otras muchas cosas que no hacer.

― Eso se llama falta de ambición.

― Define ambición.

― ¿Estás borracho?

― Define borracho.

Prometeo os desea lo peor de los males a muchos. Al resto os veré por la noche.

Por cierto, mañana es el día de los enamorados. Y ella no va a volver a caer. Dice que no le importa lo que escriba en mi blog.


¿Alguien tiene un corazón para prestarme?